Bucle electoral y congelación política (España 2016 como experimento postdemocráctico)

Por Dámaso Riaño

ano_mariano-interior_frontalLa crisis en el sur de Europa ha planteado un problema de control social de la insatisfacción. Desde las instituciones no han llegado soluciones capaces de mejorar suficientemente la vida de quienes más recursos y expectativas han perdido estos años, y esta insuficiencia de la democracia ha generado varias reacciones. Quizás la más dominante es la frustración, muy extendida ya.

Frente a esta situación potencialmente explosiva se han ensayado distintas fórmulas. En Italia un gobierno técnico, tecnócrata: la solución Monti. En Grecia finalmente se intentó algo más audaz. Se permitiría gobernar al candidato elegido por los griegos pero no se le dejaría margen de maniobra. Un gobierno maniatado, impotente: la solución Tsipras. El increíble bloqueo político que vivimos desde finales de 2015 está convirtiendo a España (a veces parecería que deliberadamente) en el tubo de ensayo de una tercera receta: el gobierno burocrático, la solución Rajoy.

Lo llamamos gobierno en funciones, pero esa etiqueta aparentemente neutra esconde un gobierno de mera gestión, sin política, sin la ambición de incidir sobre la realidad sino sólo de aplicar las normas y coger el teléfono si hay un incendio grave o un atentado. El gobierno entendido simplemente como un peldaño más de la administración. Quién mejor que Rajoy y sus pretorianos de la Brigada Aranzadi para pilotar ese proyecto conservador y gris de congelación política, en el límite mismo de la democracia.

El parlamento también se empequeñece en este inquietante experimento. Sin iniciativa política ni fuerza para supervisar la acción de un gobierno de puros administradores, el Congreso queda convertido en un espacio de mera representación: una asamblea en la que sólo podemos aspirar a reconocer a gente que se nos parece, pero sin capacidad de transformar en políticas las ideas que creemos que compartimos. El parlamento es hoy una gran foto de familia en la que la sociedad entera posa, esperando quizás mejor momento.

No hay duda de que el PP está disfrutando del juguete. Lleva ya un año gobernando sin rendir cuentas, mientras amplía poco a poco su cosecha electoral a base de atraer a todo aquél cuya prioridad es que nada cambie. Pero tras el sorpasso que no fue también parece que los líderes del PSOE viven esta interinidad relativamente a gusto, entregados a sus batallas internas y haciendo bueno aquello de que es más ser subcampeón que campeón (al menos mientras no sean capaces de presentar un plan socialdemócrata creíble y potente). Por eso y por la pelea de egos PP y PSOE prefieren las terceras elecciones a ceder un ápice. Para ambos mantener la posición basta de momento (deben creer que la crisis irá escampando, sin más). Y así seguimos para bingo hasta que aguante la maquinaria, anestesiando el conflicto político a base de elecciones estériles.

Si la presión ambiental se vuelve insoportable o algún cálculo lo aconseja puede que tengamos un gobierno, que llamarán en minoría. Inicialmente esto provocará cierto alivio, pero no perdamos de vista que ese gobierno mínimo puede ser simplemente una fase más del experimento.

Sólo queda esperar que alguien rompa por fin esta dinámica antes de que esa gran balsa de ciudadanos frustrados se convierta, como Julia Reis, en “fácil presa de los perdidos barcos de la noche”.

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