De Barrabás hasta la abuela Josefa

 

JosefaPor Eva Carracedo

Esta ingeniosa frase resumen pronunciada por el Prof. Lascuraín en la discusión abierta para responder a si la institución del indulto tiene sentido en un Derecho penal moderno en el seno del primer seminario del Departamento de Derecho Público y Filosofía Jurídica, subraya la supervivencia de esta figura a lo largo de los tiempos. La medida de gracia del indulto ha perdurado con independencia del lugar o del régimen político que gobernara aquél, a salvo excepciones etiquetadas por muchos como rarae aves (Ley de 9 de agosto de 1873, inspirada en el pionero Código Penal francés de la Revolución, fechado el 6 de octubre de 1791).

Se incide en que su longevidad (que no inercia) debe ya alertar de su necesidad porque, se enuncia, para algo servirá si todos y siempre se ha mantenido. Pero la mayoría deduce, de esa necesidad de mantenimiento, una exigencia de reforma (sobresale la necesaria recuperación de la motivación de las concesiones suprimida en 1988 para evitar que lo que se supone un uso legítimo discrecional se convierta en una utilización arbitraria proscrita). En consonancia, para algunos, se trata de responder a la cuestión siguiente: si de los más de 10.000 indultos concedidos desde 1996 solo han sido discutidos, por polémicos, desviados e hirientes, los menos, ¿no debería solventar esta situación el legislador e introducir mecanismos y correctivos que eliminen las causas de esas determinadas desviaciones?

De entre todas las finalidades para las que se utiliza el indulto, evitar que la aplicación estricta de una ley, incompleta por definición, cause situaciones injustas, y la anudada búsqueda de la justicia material o equidad a través de esta ágil figura, parece elevarse cual fundamental. El indulto se configuraría como la última llave del sistema para impartir justicia en el caso concreto (ese Sicherheitsventil de Jhering). El consenso está servido y las posturas abolicionistas discurren por rúas solitarias. Ya lo apuntaba el Prof. Aguado, al final el indulto puede ser un «mal necesario».

Sin embargo y so riesgo de que se tilde de idealista la postura, quizá, a mero título de hipótesis, esas funciones que cubre el indulto (también la búsqueda de la justicia como valor supremo) pudieran (y debieran) ser cubiertas por instituciones del sistema que son más adecuadas y menos distorsionantes. Quizá y solo a lo mejor, ello queda respaldado por el retroceso de la figura en aquellos espacios antes «colonizados» por ella donde se ha venido a mejorar el sistema penal (modernizándose) y de los que actualmente ha desaparecido –¿o deberíamos mantenerlo para la prisión permanente revisable, salto involutivo?–. Reflexiones de una investigación embrionaria que, por el momento, solo danzan al ritmo de la canción de Osvaldo Farrés: «Quizás, quizás, quizás».

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