Agur, femme fatale (sobre ETA y el vacío que dejó)

Por Dámaso Riaño

pintadas-eta-efe--644x362Hace poco se cumplió otro aniversario desde que ETA –nuestro archienemigo declarado– desapareció prácticamente del mapa. En ese momento me sorprendió el bajo perfil de la noticia y más aún ese absurdo empeño de algunos por negarla. Atribuí todo aquello a un cierto despecho del PP por no haberse colgado la medalla de la rendición, pese a haber abanderado muy visiblemente la lucha antiterrorista y haber aportado un gran número de sus víctimas. Sin embargo, últimamente tiendo a pensar que las razones por las que ese tremendo acontecimiento fue minimizado, también por el PSOE, fueron más profundas, más interesantes. No convenía dar visibilidad a lo que desaparecía realmente; no convenía que sintiéramos con toda su crudeza ese vacío que acompaña siempre a las palabras misión cumplida. Para entender por qué, hace falta tumbarse en el diván y reconocer algo en cierto sentido desconcertante: en los últimos treinta años ETA ha sido una pieza clave de la legitimación del sistema del 78, ha sido el símbolo que mejor ha unido emocionalmente a más españoles.

La legitimidad de un sistema político se construye al menos en tres planos: material (o racional), simbólico (o emocional) y originario (histórico). Cada uno de esos planos opera en forma de pregunta: ¿Para qué me sirve a mí el sistema? ¿Por qué me siento orgulloso de formar parte de él? ¿Por qué decidí tenerlo? El objetivo es ofrecer respuestas seductoras a esas tres cuestiones básicas. Es así como se construye la autoridad (moral) necesaria para que los ciudadanos consideremos aceptable someternos a unas determinadas reglas del juego. La legitimidad simbólica tiene que ver con la pregunta más íntima o visceral de las tres: ¿Por qué me gusta identificarme con el sistema? Y la clave aquí está en que los ciudadanos sientan antagonismo con respecto a sus enemigos –que asuman como propia la misión de derrotarlos– y cercanía con sus héroes.

Los enemigos del sistema del 78 han sido siempre quienes cuestionaban alguna de sus bases políticas esenciales: España como marco, la democracia liberal como método y el capitalismo (de corte socialdemócrata) y su desarrollo como objetivo. Así, los “extremistas”, quienes se situaban en los márgenes del sistema, eran quienes orbitaban en torno a alguno de los tres polos de antagonismo posibles: independentismo, violencia no estatal y anticapitalismo. Tras el entierro del búnker franquista en el 23-F, la construcción del enemigo se fue articulando en torno a ETA como némesis perfecta: independentista, violenta y, para que nada faltara, de izquierda radical. ETA y su mayor error –la llamada “socialización del sufrimiento”– hicieron el resto. Y así, ese enemigo tan bien perfilado acabó operando como pegamento sentimental del sistema, a través de su fábrica inagotable de héroes locales y anónimos –las víctimas del terrorismo–; y de fotografías en las que casi todos los demás aparecíamos unidos –los entierros y las manifestaciones–. Ese álbum macabro era el depósito de legitimación emocional de la España del 78, en la medida en que le atribuía una misión histórica dura pero posible, y por tanto ilusionante: el fin de la violencia. El clímax del servicio de ETA a la causa, su acto más trágicamente heroico, se produjo con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. No es fácil encontrar un momento de nuestra historia reciente en el que más españoles con cosmovisiones distintas se hayan sentido cerca y, lo que es más importante, orgullosos de esa cercanía (la onda expansiva de aquel segundo gran momento de construcción emocional tras el 23F llega hasta la masacre de la estación de Atocha en 2004: el wishful thinking inicial del PP al atribuir el atentado a ETA era el acto reflejo de quien sabía que si ETA era responsable de esa barbarie incomprensible, el sistema acumulaba reservas para mucho, mucho, tiempo).

Dos factores adicionales se añadían a la perfección anatómica del enemigo ETA y le otorgaban una trascendencia especial. El primero tiene que ver con que, por alguna razón que no me resulta evidente, en el imaginario del 78 los héroes –Suárez, el Rey Juan Carlos y esa colección de estrellas menores, normalmente deportistas o artistas populares, llamados a recordarnos de vez en cuando la suerte que tenemos de ser españoles– han tenido una potencia aglutinadora muy limitada. Quizás sea porque el capitalismo es una ideología en el fondo pesimista, que nos inocula una dosis de escepticismo que hace difícil identificarnos en positivo. O quizás tiene que ver también con que a los españoles nos cuesta ubicarnos en el bando ganador porque no estamos muy acostumbrados.

El segundo elemento que reforzaba la potencia simbólica de ETA era que luchar contra ella nos vinculaba con el propósito fundacional del sistema, nos recordaba la razón por la que decidimos tenerlo. La legitimidad originaria, me he referido antes a ella, tiene que ver con la existencia de una genética evocadora, una explicación que nos aleje de la idea de que esta comunidad política es fruto de la casualidad o de la inercia. En nuestro caso, ese material genético es el llamado “espíritu de la Transición”, esa bonita conjura de los españoles sensatos que supieron tejer redes de colaboración más allá de sus respectivas camarillas, y acabar con esa maldición histórica: la incapacidad de resolver sin violencia los debates sobre el modelo de país. Por eso empezó todo, porque una generación supo hacer posible y liderar ese antiguo proyecto asociado a la modernidad: el consenso sobre lo fundamental. Sin él no era posible acercarnos a Europa, ese espacio que mirábamos embobados, como un niño delante de un escaparate, y en el que veíamos prosperidad y democracia; nuestros consensos, pero llevados a la práctica, en estado sólido, garantizado. La operación funcionó y los socios del club nos admitieron. Por fin. Pero aún quedaba un fleco pendiente, ETA, el único actor relevante que seguía situándose al margen del acuerdo esencial de la no violencia. De este modo, a la misión ya de por sí ilusionante que constituía la lucha antiterrorista se le añadía un último toque, el toque maestro: la derrota de ETA era el detalle pendiente del edificio del 78, algo que no sólo queríamos hacer, debíamos hacerlo.

Tras muchos años de durísima pelea, ETA finalmente bajó los brazos. Este indudable éxito colectivo merecía una celebración por todo lo alto. Eso habría sido lo normal, lo esperable. Pero como siempre lo importante es el momento. Esa derrota llegó –aquí empieza la explicación de por qué se celebró tan discretamente– cuando más falta nos hacía un símbolo que nos uniera. Y el problema era que no teníamos otro.

Quienes llevaban las luces largas puestas tenían que ver ya entonces la fuerza combinada de dos circunstancias decisivas, que anticipaban si no un cambio de sistema sí al menos un amplio cuestionamiento de su legitimidad. La primera, una terrible crisis económica internacional que al llegar a España se nutriría de sus singularidades y adquiriría una especial capacidad de destrucción. Y la segunda, la imagen fantasmal de una oleada interminable de casos de corrupción a todos los niveles, que sobrepasaría el umbral de dolor (generalmente alto) de los españoles. Seguro que entre nuestros políticos hubo algunos que conocían las limitaciones del gremio y que vaticinaron la previsible incapacidad institucional para superar ágilmente esa doble crisis. En términos de legitimidad material, así debía seguir el razonamiento, las consecuencias del deterioro prolongado de la calidad de vida de los españoles serían demoledoras (recuérdese la pregunta: ¿para qué me sirve a mí el sistema?). Si a todo esto le sumamos el cambio generacional (habían pasado treinta años desde la Constitución) no hacía falta ser agorero para imaginar que tarde o temprano la ciudadanía, alguien, haría balance. Al fin y al cabo, había información suficiente: experiencias de gobierno de PSOE y PP, las principales instituciones del sistema, y más de veinte años dentro de la UE. Pues bien, justo en ese momento tan delicado en el que es posible un cuestionamiento, en el que los hilos de la manta están en tensión máxima (y en el que para colmo de males languidece la imagen de nuestros héroes principales –Suárez y el Rey Juan Carlos–), en ese preciso momento, decía, ETA, nuestro archienemigo, simplemente desaparece. Llegó el vacío.

El problema de todo esto –lo que creo que sabían quienes celebraron el fin de ETA tan discretamente, como se celebraban antes las bodas con la novia embarazada– es que el vacío en política no existe; tampoco en lo simbólico (recuérdese, en lo más pedestre, lo mucho que echamos de menos al irrepetible Jesús Gil; tanto que al poco de su desaparición mediática cubrió su plaza un interino, el Pocero). Si nos quedábamos sin enemigo, alguien inteligente, tarde o temprano, propondría otro. Y vaya si lo hizo. Un villano genial, clásico, pero muy distinto, sobre todo para quienes tienen mucho que perder. Esa nueva némesis social, el flamante malo de la película, sería la casta. Un concepto a merced de sus inventores –gaseoso, intuitivo y caprichoso– que apuntaba a un grupo pequeño, pequeñísimo, el 1%; siempre los otros. Lo tenía todo para triunfar.

Con ETA viva Podemos habría sido imposible, al menos en los términos (sobre todo emocionales) en los que se ha planteado. No es sólo que ETA llenara el espacio emocional español. ETA, nuestra némesis perfecta, nuestro Rey Midas al revés, contaminaba fatalmente todo lo que tenía cerca. ETA era anticapitalista y ETA era el mal total, luego el anticapitalismo era el mal total. Nadie bien recibido en una herriko taberna habría tenido una butaca en un plató español relevante. Esa capacidad casi infinita para aglutinar a la ciudanía y expulsar a los márgenes del sistema a personajes indeseados por él es todo lo que se perdió el día en el que ETA dijo este cuento se ha acabado. Es normal que algunos lo celebraran lo justo.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Agur, femme fatale (sobre ETA y el vacío que dejó)

  1. Diego Marín-Barnuevo Fabo

    Hola Dámaso:
    Muchas felicidades por el comentario, que me parece muy lúcido e interesante. Es cierto que la deseada rendición de ETA fue objeto de muy poca atención mediática y política, lo que yo atribuí al hundimiento del Gobierno que la había conseguido y al desinterés del partido alternativo por poner en valor dicho éxito.
    Tu interpretación de esa minimización del logro es distinta y bien atractiva: la percepción de TODOS de las ventajas de tener un enemigo común. Me hizo recordar una broma de los Luthiers en la que, tras la caída de la Unión Soviética, proponen declarar como nuevo país enemigo a Noruega… (https://www.youtube.com/watch?v=dKdJk4vVAaA),
    Lo único que no termino de ver es que ese nuevo enemigo externo pueda ser “la casta”, ni que ese nuevo enemigo favorezca los intereses de los partidos que minimizaron la minimización del logro… en todo caso, es una idea sugerente que me llevará a pensar en ello.
    Un abrazo y felicidades por tu sugerente comentario.
    Diego

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    • Dámaso Riaño

      Muchas gracias, Diego, por el comentario y por el sketch. No lo conocía y es estupendo. En esto de la fabricación de enemigos improbables siempre me acuerdo de “La cortina de humo” (http://www.filmaffinity.com/es/film194582.html), en la que el Presidente de los EE.UU. decide tapar sus vergüenzas declarando la guerra a… Albania!

      Yo tampoco creo que “la casta” haya sustituido a ETA como enemigo, digamos, de consenso. Ha calado bastante (y de forma muy rápida) en el imaginario colectivo, pero me parece complicado que ocupe todo el espacio de ETA: ni está tan bien definido como concepto, ni provoca daños tan visuales como un coche-bomba, ni es capaz de antagonizar a tanta gente en España como ETA. La reflexión del post es más modesta: la desaparición de ETA dejó un espacio disponible, el del enemigo, y no ha tardado en presentarse un aspirante a ocuparlo, ya veremos con qué éxito (quizás un primer termómetro razonablemente fiable sean los resultados de Podemos en las generales).

      En cuanto a lo segundo que señalas, también estamos de acuerdo. A mi modo de ver, por mucho que todos los partidos obviamente quisieran la desaparición de ETA, ese vacío planteaba un escenario inquietante, sobre todo para los puntales del sistema, PP y PSOE. ¿Quién sería el siguiente enemigo? ¿Serían capaces de identificar uno tan eficaz, uno que les permitiera echarse a la sociedad a sus espaldas para derrotarlo? Nada de esto se sabía ni se sabe aún, aunque no parece que hayan dado con la tecla. Lo que sí sabemos es que el único aspirante potente que se ha propuesto es “la casta”, que no sólo no sirve al PP y al PSOE para aglutinar a la sociedad en torno a ellos, sino más bien al contrario. No digo que todo esto –la invención del concepto casta por unos politólogos y su éxito mediático– fuera previsible, pero creo que los más perspicaces del PP y el PSOE tuvieron que ver que la desaparición de ETA planteaba algo parecido a un reparto de nuevas cartas. Ellos estaban dentro del sistema, eran quienes mandaban, y quizás como consecuencia de ese reparto entrarían otros. Algo de eso puede explicar, en mi opinión, la discreta celebración del fin de ETA.

      Otro abrazo para ti.

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